[Cuento] En reversa

Día 8

Caminaba al borde de la vereda con su traje recién sacado de la tintorería y unas flores lilas en un cono de papel en sus manos. “Me espera”, pensó sonriendo. Sus dedos temblaban sosteniendo el regalo. Su cabello cobrizo, destellaba con los leves rayos del sol.

No miraba más que al horizonte. No sentía el aroma a primavera húmeda, ni veía a los perros que se ponían a pelear por las sobras de los basureros de la pizzería, ni a los niños que corrían por la avenida seguidos, con mirada preocupada, por sus padres. Ni el avión en el cielo que acarreaba una cinta publicitaria de Redbull, ni menos aún los desniveles de las baldosas con los que tropezaba cada diez segundos. “No voy a llegar tarde” se repitió, apretó su bolsillo y sintió la billetera dentro, recordó la foto de ellos dos que siempre traía, y que se había mojado hace unos meses porque había caído en la lavadora.

Al levantar la vista vio el edificio blanco, sintió aquel olor metálico que tanto le desagradaba y supo que había llegado al hospital clínico. “Señor Hernández”, dijo la secretaria al verlo, “casi en la hora límite. De nuevo.”

“Puedo llegar a la hora que quiera” respondió abruptamente, su cara se tornó seria.

Bernardo hizo una mueca con el labio inferior, dio media vuelta y se encaminó a la habitación 204. “Señor Hernández” escuchó a sus espaldas, dio un salto hacia adelante y miró hacia atrás. El doctor lo miraba con una mueca de preocupación y las líneas de su cara marcadas. “Sí doctor, dígame”.

Día 4

Aquella tarde llegó a la hora al hospital, sus manos estaban frías y húmedas. Ni siquiera miró a la enfermera al entrar al ascensor. Ensimismado, caminó a la habitación y la abrió con fuerza. Su madre estaba ahí, con el rostro hacia el cielo y los ojos cerrados. El continuo tintineo del marcador de latidos le provocaba un sabor seco y amargo en la garganta.

“Hola Mamá”, dijo sonriendo “aún estás aquí”.

Cerró los ojos y se acercó a la mujer. Las flores, ya marchitas, junto a una foto de su familia la acompañaban. Y el parte del doctor que había dejado a un lado estaba cubierto de un montón de papeles.

Bernardo recordó el día que tomaron la fotografía. Él no aparecía en ella. Ese día había decidido encerrarse en su habitación, escaparse por la ventana y evitar de cualquier manera estar cerca de sus hermanos. Recordaba que tenía 14 años y estaba enojado con la vida. Lo único que quería era que lo dejaran tranquilo y poder irse de su casa cuando pudiera. De hecho, a veces desaparecía por días y se iba a quedar donde sus amigos mintiéndole a sus madres y a sus hermanos. Ahora le parecía tonto, en diez años se arrepentía de muchas cosas muy pequeñas, que pudieron restarle un disgusto o darle a su madre una sonrisa más.

Recordó el día en el que, estando trabajando en una oficina de correos, recibió el llamado de su hermana “mamá está en coma” dijo con aquella voz plana pero femenina. Bernardo revivió ese momento: como su mundo se volvió negro, sus recuerdos: nublosos, sus rencores: insignificantes. Ahora habían pasado dos meses del accidente, pero casi seis meses desde la última vez que había hablado con ella. Una lágrima culposa descendió de su mejilla al recordar cual fue la última conversación.

“Disculpe”, escuchó una voz desde la entrada. Envestido de su túnica negra y su banda burdeo, el Sacerdote Johnson lo miraba con aquellos ojos celestes que cuando era pequeño siempre le habían dado desconfianza, “su familia me envía a…”

“No de nuevo” cortó Bernardo y se levantó de la silla en la que acompañaba a su madre “no quiero que se acerque a ella. Se lo dije ayer, se lo dije el viernes, se lo dije hace ya once años” gruñó empujándolo con el cuerpo fuera de la habitación “no lo quiero cerca”, finalizó y se encerró en la habitación. Él y el latido del corazón.

Día 3

Un dedo. La mujer había movido un dedo, y Bernardo corrió al hospital.

“Una oportunidad”, pensó. No se preocupó siquiera de quitarse la pijama, sino que se puso una chaqueta y unas zapatillas deportivas para correr por las 14 cuadras que separaban el centro médico del tercer piso de su edificio, donde se ubicaba su departamento de soltero. En el camino se empapó los pies cruzando un parque en regadío, se le calló una vieja llave del locker del gimnasio desde el bolsillo de su chaqueta y pudo ver como las luces de la calle se apagaban recibiendo a la mañana.

“Puede que no signifique nada”, le dijo el doctor cuando ya estaba quitándose los calcetines mojados, “igual, no hay señales de que haya sido así”.

“Pero algo tuvo que cambiar” respondió Bernardo. Todos le habían dicho que su madre sólo se sostenía viva por las máquinas, que no tenía contacto alguno con el mundo real después de aquel accidente, que aún dejaba su huella en las quemaduras eléctricas del brazo de la mujer.

El joven miró la habitación un segundo y pensó que probablemente su madre lo odiaría si pudiera verlo. El color blanco la deprimía, puesto que había trabajado toda su vida como decoradora de interiores. Además en la habitación, la televisión siempre estaba encendida y ella odiaba el ruido fuerte. La cortina siempre estaba entreabierta y ella consideraba que había que ordenar las cortinas porque eran un accesorio más en la casa. Recordó la vez que había rayado una pared de su casa en invierno, porque su mamá no lo había dejado ir a jugar. Cuando ella lo descubrió lo castigó pintando con un pincel diminuto todas las imperfecciones de la pared, incluso las que él no había hecho. Pero no recuerda haber aprendido nada con eso. Al menos eso era lo que creía, porque las pocas veces que visitaba su antigua casa todo le parecía incómodamente perfecto.

A su llegada lo siguieron su hermana y su tío Gustavo. Ambos llegaron silenciosos, se dirigieron al doctor y conversaron con él sin mirar a Bernardo, que tenía los ojos fijos en la puerta.

“Tú sabes que esto no cambia nada”, le dijo su hermana Virginia. Sus labios delgados modulaban suavemente cada palabra de manera tranquila, pero sus ojos, grandes y pardos, parpadeaban constantemente rodeados de venas enrojecidas.

“Vamos a llamar al cura”, agregó su tío, aquel hombre alto y robusto que no dejaba espacio al debate, “y no te hagas ahora al que le importa”.
“No ese cura” respondió Bernardo sin mirar a los ojos a su familia.

“Entiendo que hayas tenido problemas con él en el pasado, pero tú tampoco eras un niño ejemplar” le dijo Gustavo, “te hicieron falta un par de cachetadas a la antigua”.

“No entiendo cuando pasé a ser el centro del problema” dijo Bernardo más gastado.

“Me da tanta rabia que te preocupes ahora” finalizó su hermana con los ojos impregnados en lágrimas “vete por favor”

Claro estaba, cuando su madre tuvo el accidente, él fue el último en llegar al hospital, fue tres días después, cuando su hermana lo llamó con un nudo en la garganta y la noticia de que su madre había quedado en estado vegetal.

Día 1.

“Nunca había pasado tanto tiempo contigo”, reflexionó el joven, sentado en la misma habitación, ya con las flores en la basura y la foto que guardaba en la billetera ubicada superpuesta sobre el marco familiar, era realmente la única foto que tenía con ella. “Y no sé qué más decirte”, finalizó y dejó sobre la cama una pila de hojas escritas. Había marcado el lápiz tan fuerte que los relieves se habían traspasado entre las páginas dejando ver, desde la distancia, disculpas y recuerdos.

Las flores estaban nuevamente frescas, lilas. Emanaban una fragancia alegre que ocultaba el olor metálico del hospital. Sin embargo, el pasillo estaba silencioso, y la luz del sol no iluminaba con la misma energía que acostumbraba.

“Es el único que quiso entrar”, dijo el doctor acercándose al joven, “¿está seguro?”.

Bernardo simplemente alzó la vista con los ojos cristalizados y una sonrisa “sí” respondió y le dio la mano a su madre. Ocho días atrás el doctor había sido claro: “evaluamos con su familia que lo mejor para su madre es desconectarla, hay muerte cerebral inminente y aunque la esperanza nunca se pierde, nadie está dispuesto a seguir pagando el tratamiento”. Sin un trabajo estable, el candidato para pagar no era él en absoluto.

“Cómo me gustaría volver atrás mamá, pero es imposible ir en reversa, no se puede. El doctor se acercó, sostuvo su brazo y suavemente lo alejó de la camilla. La respiración entrecortada de la mujer se volvió un silbido suave, escabulléndose por la ventana y por primera vez él quiso escuchar el tintinear del marcapasos.

Por:

Sascha Hanning

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