[Reseña] El Principito: Lo esencial es invisible a los ojos; “dicen”

Esto no busca ser una reseña, sino una reflexión especialmente orientada a los que ya hicieron, por lo menos, la primera lectura.

  • 9789500752114Título: El Principito
  • Autor: Antoine de Saint-Exupéry
  • Editorial: PRH (Sudamericana)
  • Paginación: 110
  • Valoración: 5 estrellas

Son incontables las personas que a lo largo del tiempo, y desde su publicación, han leído este bello librito. Incluso son muchos quienes lo han leído más de una vez y en distintas “etapas” de sus vidas. Y son todavía bastantes los que utilizan frases como la de bajada de este artículo, declarándose fieles admiradores de la propuesta de Antoine de Saint-Exupéry.

 

Gracias a Penguin Random House tuve la posibilidad de curiosear la edición lanzada este mes. La verdad es que de “nuevo” sólo tiene el formato y la portada rotatoria que permite elegir diferentes historias. En cuanto al contenido, sigue siendo la emotiva historia de siempre, con la misma traducción y las mismas ilustraciones de siempre, que fueron hechas por el autor.

Tiene sentido. Parece criminal pensar que alguien quisiera cambiar aunque sea una sola palabra. Después de todo, es un clásico que “debe” ser leído por lo menos dos veces: una en la infancia y otra en la adultez. ¿O no? Eso es lo que hemos escuchado, lo que suelen decir las reseñas y lo que nos enseñan desde los primeros análisis escolares: lo mágica y alegre que es la historia en la primera lectura, y luego, lo melancólica que es en la segunda.

AVISO DE SPOILERS, esto no busca ser una reseña, sino una reflexión especialmente orientada a los que ya hicieron, por lo menos, la primera lectura; por ende, tendrá una importante cuota de subjetividad, asociada a más de alguna escena.

Lo primero que recordé al tomar el libro fue mi infancia, cuando me presentaron el libro con la frase: “mira, tienes que leerlo”. Tenía como 10 años, sino menos, y un poco intimidada por un libro con más texto que ilustraciones me senté de mala ganas a recorrer sus páginas.

Con mucho esfuerzo leí las primeras dos o tres páginas preguntándome qué clase de persona dibujaría tan mal como para que todos creyeran que su dibujo era un sombrero —que habría resultado ser el sombrero más deforme del universo—, y por qué esa misma persona tenía la impresión de que era interesante comenzar por hablarle  a los niños sobre lo que piensan las personas mayores, cuando, una niña de 10 años ya está harta de tratar con esa especie todos los días.

Desagradada con ese  primer comienzo me rehusé a leer el libro por largo tiempo. Toleré con escepticismo los análisis escolares y procuré no encariñarme mucho con la historia del zorro, pese a todas las veces que tuve que leerla de manera aislada.

No fue sino hasta hace pocos años (a los 20), decidí que era momento de leerlo —aunque más por cultura general que por deseo. El capítulo del sombrero volvió a causarme las mismas impresiones que hiciera la primera vez, aunque esta vez entendí el punto (y luego, con la tercera lectura ocurrió lo mismo). De ahí en adelante, las hojas venideras me hicieron reflexionar sobre los tipos de personas que no quería ser. Y finalmente, con la tercera lectura (a la edad de 25), los principales pensamientos se enfocaron hacia una reflexión social.

La razón de mi historia es demostrar que la mente no sólo madura con el paso de los años, sino que hay mucho de apego a un estatus quo irreal, creado únicamente por personajes como los que encuentra el Principito a lo largo de su travesía planetaria, y que muchas veces corresponden a generalidades erradas.

A un niño se le permita imaginar, creer en la magia y pensar por sí mismo, mientras que de los adultos no se espera nada más que una obsesión por cumplir con su “deber” (trabajo), incluso si ello significa dejar de pensar con racionalidad, o dejar de sentir con el corazón.

Una importante reflexión que he venido haciendo por un tiempo, pero que tomó incluso más fuerza tras esta tercera lectura, es lo maqueteadas  que están nuestras vidas. Y no precisamente  por una sociedad maquiavélica y perdida en el horizonte, como tendemos a creer, sino que por nosotros mismos, que nos dejamos embaucar por pensamientos, muchas veces infundados, que no representan nuestras expectativas de vida.

La cantidad de reyes que se apoderan de nuestra sociedad, que creen que deben ser seguidos e idolatrados, simplemente porque se les ocurrió—apuesto que de inmediato pensaron en políticos y empresarios, una muestra más de lo estructurado que están nuestros cerebros—. Los reyes, como el presentado en el Principito, no obedecen a política y/o dinero, eso es algo que nos inventamos nosotros. El deseo de ser obedecido es algo más básico que puede ser gatillado, incluso, por una pequeña gota de narcisismo que, al igual que una enfermedad, se desarrolla con el paso de los días. También está el ebrio, o el que cuenta y cuenta sin saber qué o por qué…

Es imposible no leer la historia y pensar en personas que conocemos que se comportan del mismo modo que estos personajes, pero ¿alguna vez nos detenemos a pensar realmente cuánto de estos personajes tenemos en nosotros?

Lo esencial es invisible a los ojos, nos enseñaron desde incluso antes de leer la historia, pero también es lo más evidente del mundo. Lo vemos todo el tiempo y luego lo ignoramos; Dios-sabe-por-qué-motivo.

En lo personal, creo que el Principito entrega herramientas a algo más poderoso que sólo una enternecedora mirada a la infancia. Pensar en las diferencias que uno debería encontrar entre la primera lectura y la segunda, me parece —discutiblemente— una posición cómoda. Hay niños de 10 años con la mente cuadrada de un mal ejemplo de adulto, y adultos con sueños de “niños” que son los que cambian el mundo.  A partir de esto, los invito a releer la historia haciéndonos estas preguntas:

  1. ¿Cuánto tengo de los excéntricos personajes con los que se encuentra el Principito?
  2. ¿Esta es realmente la persona que el niño en mí esperaba ser?

 Y finalmente, ¿Cómo cambiaría el mundo, si todos, creyéramos al final del libro que el principito realmente llegó a su planeta, y se encuentra feliz con su cordero y su roza?

Por:

Carime Jackson
Carime Jackson
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